Saturday, June 17, 2006

¿Odio madrugar?

Me gusta cuando duermes y odio madrugar. Una de las frases que más me gustan dentro del repertorio musical que conforma la banda sonora de mi vida. Pero no soporto que ronques, aunque me fascina tu vigor matinal. Sueño cansada después del esfuerzo, pero a sabiendas de que el despertar será dulce, pausado, como un desayuno a base bollería fina, zumos naturales y café recién hecho. Odio que me despierten, pero me embriaga que me arranques del sueño a través de tus caricias. Con la neblina de Morfeo rodando sobre mi cabeza, me enloquece que pongas en marcha mi maquinaria sin aviso al gerente, como un ladrón que se cuela en el almacén de los deseos. Entre el sueño y la vigilia, en ese purgatorio mental, quiero me que redimas de mi lujuria a través de la penitencia más inmediata. Suavemente, pero sin pausa, con la dirección bien trazada hacia el final del trayecto, hazme tuya mientras no recobro la plena consciencia. Despiértame con firmeza, con embistes que me provoquen insuficiencias respiratorias, demuéstrame que la jornada ha comenzado y que quedan muchas horas hasta volver al imperio de las sábanas. Amortigua con tus labios los quejidos de mi dulce despertar y apriétame con fuerza, porque no quiero dejar de sentirte en todo lo que me resta de día. Fóllame. Fóllame. Fóllame. Te lo suplico, sigue follándome. Soy tu puta sin voluntad, sin tiempo para arrepentirme. Me gusta cuando duermes y odio madrugar. Pero me gusta más cuando despiertas y tengo que acudir reventada a trabajar.

Wednesday, June 14, 2006

Sorpresas


No contaba con él. A última hora, una excusa rápida y poco convincente por teléfono sirvió de detonante para que mi ira aflorase. ¿Para eso me había esforzado en cumplirle el gusto y darle la sorpresa que me venía reclamando desde hacía semanas? Me sentí totalmente estúpida.
Pero lejos de quedarme en casa lamentándome, salí con mis colegas. Copas, música, juerga y hombres: la noche ideal.
Mi estómago albergaba ya unos tres o cuatro white label con cola y me disponía a pedir el cuarto o quinto en mi bar favorito, el Trolebús. Pequeño y coqueto, sin garrafón y con ambiente escogido. Apoyada en la barra y coqueteando con el camarero, siento una mano que se posa en mi cintura y unos labios húmedos y calientes que hacen lo propio en mi cuello."Sorpresa", me dice, y yo siento que se me derrite hasta el último hielo de la copa. Estaba con un amigo y yo con tres amigas = "pandilla" de seis. Un sexteto en la barra. No me salen las palabras, tanto por el enfado acumulado como por la emoción y excitación de la sorpresa, así que él toma las riendas de la conversación. "¿Me has traido la sorpresa? Ahora sí que me la debes". Le miro y prefiero callar.
Así que decide comprobarlo por sí mismo. Estábamos los dos solos en un bar lleno de gente y rodeados por nuestros respectivos amigos. Sin dejar de mirarme, desliza su mano dentro de mi pantalón, hasta alcanzar el tanga. Sonríe pícaro mientras se detiene. Yo prefiero no sonreir y atiendo, como puedo, a las conversaciones de los seres que me rodean, pero que ya no interpreto. Noto que su mano continúa la búsqueda, con unos dedos que buscan ávidos su objetivo y se cuelan por dentro del tanga, notando la suavidad de mi piel de bebé y la humedad que ya se hacía patente. "Siiiiii", dice en alto y sin rubor, para susurrarme a continuación al oido "al fin me hiciste caso..." Me tiemblan las piernas, pero he de seguir disimulando. Quiero disimular mientras no sé quién me está contando no sé qué. Siento que me observan, que notan cómo sus dedos hurgan en mi interior y yo me muero por dar rienda suelta a mis sacudidas mientras mi yo racional y decoroso me dice que estoy en la barra del Trolebús, tomándome una copa y nada más. Sin quitar su mano, y acelerando el ritmo de la misma, como si de un solo de guitarra memorable se tratase, rodea mi cintura con su otra mano y me aprieta contra él, para sentir mi cuerpo excitado. Acerca sus labios a los míos para sólo rozarlos porque prefiere hacerme sufrir, observando de cerca mis ojos preorgásmicos y mi actuación de Oscar para que todo parezca lo que no es. Me siguen temblando las piernas, noto que una explosión se desencadena en mi interior, así que me pone de espaldas a la barra para tapar mi cuerpo con el suyo de cara a la galería. Después de dejar mi pantalón (negro, afortunadamente) como un desastre y de comprobar que, en efecto, estaba completamente rasurada, me da un tierno y semicasto beso en los labios para soltar "sólo vine a saludarte, tengo que irme". Esa noche desafié a una buena pulmonía por llevar la chaqueta atada a la cintura. Y quise matarlo.

Monday, June 12, 2006

Aquella noche del mes de junio


Yo tenía 24 años y el cumplía 32. Nos habíamos conocido un par de semanas antes, pero por causa de su trabajo (a más de 500 km), apenas nos habíamos visto dos días, pero nos habíamos gastado un dineral en teléfono. Era viernes, y vendría a pasar el fin de semana conmigo. Nuestro primer fin de semana.
Hacía calor, pleno junio de una ciudad con clima continental del interior. Bochorno. Viene a buscarme a casa y decidimos ir hacia el área recreativa que hay junto al río. Aún era de día y decidimos merendar-cenar en un chiringuito al aire libre. Lo miro y lo deseo. Me mira y me desea. Sin ser considerada una fetichista, me vuelven loca los hombres con sandalias. El llevaba unas bermudas beige con una camiseta clara, que destacaba su color de piel tostado por el trabajo al aire libre y marcaba sus músculos machacados a diario en el gimnasio y formados a base de la práctica de deporte desde edad temprana. Recuerdo su olor. Jamás usaba colonia, pero a mí me volvía loca el olor de su piel, que lo impregnaba todo. Aún hoy lo sigo recordando.
Después de la cena y el anochecer, decidimos dar un paseo por la ribera del río. El calor era sofocante, aún para una ciudad como esta, acostumbrada a los termómetros descompensados. Hacía bochorno en el exterior y en el interior de mi cuerpo.
Nos sentamos en el césped mirando hacia el río, en una zona apartada. Nuestros encuentros (en los dos días que nos habíamos visto) nunca habían pasado de besos, abrazos y poco más, me tenía desconcertada lo despacio que le gustaba ir (sobre todo porque me sacaba ocho años), pero me fascinaba y me tenía completamente a su merced. Comenzamos a besarnos, buscando desesperadamente nuestras lenguas, comiéndonos la boca como dos sedientos se abalanzarían hacia una fuente. Me pongo sobre él, a horcajadas, aprieto sus fuertes y marcados hombros, su espalda es inmensa y mi deseo se dispara a medida que noto cómo sus manos recorren mi espalda, mis muslos y mi culo, aún a través de los vaqueros y la camiseta. Porque lo que es piel, sólo me tocaba lo que estaba a la vista. Y eso me estaba desconcertando pero al mismo tiempo, excitando de forma mayúscula. Noto que la excitación fluye a borbotones dentro de mi cuerpo, con una cascada de sensaciones. Necesito que me toque ya, que me roce, sentir su piel contra la mía, su lengua. No me basta con los besos adolescentes. Necesito acción.
Mis manos, traviesas, se deslizan por debajo de su camiseta y dibujan su cuerpo con mis dedos. Y noto cómo al rozar sus pezones los tiene extremadamente sensibles
-“Me encanta ahí”, me susurra. Y yo sonrío. Compartimos ese gusto.
Mientras le quito la camiseta, yo me subo la mía por delante sin quitármela, todavía encima de él, le muestro mis pechos enfundados en un sujetador rojo de gasa semitransparente. Es como no llevar nada, porque la erección de mis pezones es evidente, y la gasa apenas tapa para dar un baño rojo de color a mis pechos. Tan cerca de su cara y él se recrea en observarlos, haciéndose de rogar en la aplicación de caricias. Los mira con deseo y alaba su belleza y el diseño del sujetador. A mí me está torturando, pero al tiempo me siento subyugada por esa estimulación visual que estoy provocando. Entonces los toca con ambas manos, con una suavidad exquisita, como si mis senos fuesen de finísimo cristal y tuviese miedo de romperlos. Sus enormes manos los abarcan perfectamente, pero sus caricias parecen destinadas a un bebé dormido. Le recrea verme sufrir, observar mis ojos suplicantes de pasión. Ni siquiera nos miramos, sólo se dedica a mis pechos y a observar mi cara, a pocos centímetros de la suya. Sin dejar de clavarme los ojos, y yo todavía sentada sobre él, desliza sus dedos por el interior de la gasa semitransparente del sujetador y deja mis pechos al aire, con mis pezones apuntando a su boca. Me abraza con fuerza, estrechándome entre sus fuertes brazos, y me los come con una pasión infinita, mientras yo siento que voy a alcanzar el orgasmo sólo con esos besos tan deseados, y me balanceo sobre él marcando el ritmo sinuoso que me ordenan las palpitaciones que siento en mis músculos vaginales.
Todavía abrazados, sobre el césped, y como si de una llave de judo se tratase, me gira y me tumba sobre la hierba, sin dejar ni de besarme ni de estrujarme. Como si estuviese poseído por un espíritu carnal, comienza a deslizar su mano por el interior de mis vaqueros, demasiado ajustados. Me los desabrocha y se recrea en la contemplación de mi tanga, también de gasa semitransparente (era conjunto, por supuesto), para a continuación arrancarme los pantalones de las piernas. Estamos en la ribera del río, sobre el césped, y noto una ligera brisa que me acaricia el coño, demasiado húmedo para no haber sido tocado todavía. Sin quererlo, he adoptado un rol completamente sumiso. El tremendo arranque de pasión de mi comedida pareja parece que le ha otorgado ocho brazos y cuatro bocas, porque no hay parte de mi cuerpo que no esté siendo mimada por él. Y yo me siento como una olla exprés, a punto de explotar. Pero saco un atisbo de utilidad y me dedico a quitarle las bermudas, no sin antes frotar su sexo para darme cuenta de que es poderoso. Ante mi sorpresa, no quiere que le quite los boxer “todavía”. “Déjame que marque yo el ritmo ahora”, me dice, y yo sólo me dejo hacer. Disfrutar, más bien. Así que me relajo mientras él se pone entre mis pìernas y comienza a lamerme junto al borde de mi tanga, mientras acaricia mis muslos y mis nalgas, aprovechando para incorporarme y tirar del pequeño trozo de gasa semitransparente con los dientes, para ayudarse a desenrollarlo a través de mis piernas con las manos. Va todo tan despacio, o eso me parece a mí, que siento por momentos que me voy a desmayar de pura impaciencia.
Con sus dedos, explora mi húmedo interior y yo siento que muero de placer hasta que este óbito me parece una insignificancia, justo cuando comienza a lamer lo que palpita entre mis piernas desde que me senté sobre él para besarlo en los labios. Con suavidad muerde mis labios mayores, los aparta con los dientes, con una suavidad exquisita. Su lengua, dura, caliente y precisa, parece un escáner de mis terminaciones nerviosas más sensibles. Y yo sigo muriéndome de puro gusto, mientras mis gemidos se ahogan en el cesped y en la orilla del río que protagonizan el entorno, y termino derritiéndome por completo.
Tras mi primer orgasmo con él, su beso sabía salado. Sabía a mí, sobre mí. Notaba el peso de su cuerpo sobre el mío mientras lo agarraba del culo, todavía tapado por el boxer negro que era como su segunda piel. Y deslizo mi mano con suavidad por su interior, necesito tocarlo. Pero entonces, la impaciente no soy yo. Loco de deseo, él mismo se saca los boxer en un movimiento rapidísimo. Su polla es como un obelisco poderoso y firme, pero apenas permite que mis dedos, mi boca o mis manos lo deseen. “No puedo aguantar más”, creo entenderle en un susurro ahogado mientras me la clava sin apartar sus ojos de los míos. Me noto completamente llena con él dentro de mí, y comienza a follarme muuuuuy despacio, mientras yo siento que vuelvo a morir de deseo. La alternancia de fuertes sacudidas con sus suaves embestidas sólo contribuía a alargar mis momentos de dulce abandono, hasta que ambos, en un abrazo infinito, acompasamos nuestras aceleradas respiraciones para descansar, cuan guerreros, en el cesped de aquel mes de junio. Ese día no me dieron asco ni las hormigas, ni las arañas, ni los bichillos que viven entre las hierbas.

Sunday, June 11, 2006

El comodín


Anoche estaba de bajón, había salido demasiado tarde de trabajar y mis planes se truncaron porque no pude llegar a tiempo al concierto al que iban a asistir mis amigos. Una mierda. Hasta que tuve llamada de mi comodín, Morgan.
-¿Qué haces esta noche?
-Nada
-¿Estás sola en casa?
-Si
-Pues eso hay que solucinarlo
Mi comodín, Morgan, es mi gran amigo. Nos conocemos desde hace cinco años, y nuestra gran amistad se basa en la confianza y en el sexo. Da igual que tengamos otras relaciones, nuestra amistad siempre está por encima. Vivimos en ciudades diferentes (a 100 km), pero solemos vernos una o dos veces al mes (en ocasiones, más, si podemos, claro)
Anoche fue una de esas noches. Él había venido a mi ciudad con unos amigos a pasar la noche y en una hora se pasaría por mi casa. Ducha rápida, pero el calor no cesaba. Decido no vestirme y lo espero con una toalla y el pelo húmedo. La espera se me hace eterna, y con sms le voy relatando el calor que tengo y que le estoy esperando desnuda, sólo para él. Con las ventanas abiertas, sobre el sofá de mi salón e iluminada por las farolas de la calle, comienzo a masturbarme pensando en su llegada inminente. Los pezones se me ponen erectos, una corriente eléctrica me eriza la piel desde la espalda y comienzo a gemir, deseosa de que llegue por fin. Sigo masturbándome y encadenando pequeños orgasmos cuando suena el m
móvil. Es él.
-siii??
-qué haces?
-Estoy preparándote el camino, cielo. Donde estás???
-en tu portal. Abreme ahora mismo.
Nada más traspasar el umbral de mi puerta, se echó hacia mí como un poseso. No soporta que empiece sin él y sin que él pueda observarlo. Mi única prenda, la toalla, quedó tirada en el suelo, mientras yo le iba arrancando la camiseta, los vaqueros y los boxer. Sabía que estaba húmeda, me notaba empapada tras mi avanzadilla individual, y él tenía una erección poderosa.
Después de morderme y pellizcarme los pezones, me abrió completamente y se lanzó, de cabeza, a la conquista de mi gran orgasmo. Siempre me ha encantado su técnica: suave pero incansable, con constantes cambios de ritmo. Mientras me mordía los labios mayores, antes de atacar directamente a mi clítoris, yo ya me retorcía pensando en lo que iba a llegar. Y entonces llegaron las revoluciones de su lengua, mis gemidos, sus manos apretando mis muslos mientras se afanaba más y más, yo retorciendo las sábanas con mis manos, encorvando mi columna como si me fuese a salir el alma por el pecho. Se terminan las percepciones, estoy en otro mundo, en un mundo superior, donde voy a estallar de puro placer. Y estallo. Vaya si estallo....
Sin tiempo para reponerme, me dispongo a pagarle con la misma moneda tremendo trabajo artístico y primoroso. Aún con la respiración acelerada, comienzo a besarlo por todo el cuerpo. Sé que le encanta cuando comienzo en el cuello y voy bajando, sin prisa pero sin pausa. Quiere relajarse pero no puede, sabe lo que va a llegar, y yo disfruto pensando en que ahora me tocará a mí tener las riendas sobre su locura.
La tiene durísima y muy, muy apetecible. Además, es uno de los mejor dotados que conozco, y a mí los ojos me comen mucho. Vamos, que me gustan grandes y gorditas. La cojo con mi mano, con mucha suavidad, y la froto, muy cerca de mis labios. Saco la lengua y le doy unos pequeños lametones a modo de preludio, mientras la sujeto con firmeza. Y entonces, con un rápido movimiento, me la introduzco en la boca, todo lo que puedo (es grande, lo reitero) y empiezo a chupar. Arriba y abajo, succionando al ritmo que me marcan sus gemidos. Me ayudo con una mano, que también utilizo para acariciar sus testículos y el perineo. Sigo chupando, con más fuerza, movimientos rápidos y rítmicos, sé que le vuelvo loco. Me agarra del pelo y mueve las caderas. Antes de volverlo loco del todo, que no interesa porque lo necesito más, me detengo en sus testículos y los lamo con pàsión. Me los introduzco en la boca y chupo con fuerza, como si los quisiese arrancar con mis labios. Con mi mano le sigo masturbando, pero entonces él decide intervenir y marca su ritmo con su mano, mientras yo saco mi lengua y el golpea suavemente con su glande en ella mientras se masturba.
Me pide que paremos, porque siguiendo así se terminará corriendo y no quiere. Siempre prefiere lucirse en el primero, porque su capacidad de recuperación deja bastante de desear. Prefiere uno único pero completo, que dos flojos. Y yo también, claro.
Después de tumbarme en la cama, húmeda por la excitación y por el sudor, vuelve a lamerme los pezones y me estruja las tetas. Parece un perro loco comiéndome el cuello y abarcando con sus manos todo lo que puede abarcar. El quiere que yo lo diga y no puedo resistirme, lo necesito ya, necesito sentirlo y se lo digo en un susurro a su oido: "Fóllame"
Y me folla. Mientras me empala, él encima y con mis piernas en sus hombros, noto que me llega hasta lo más profundo. Y él se recrea, combinando embestidas rápidas y fuertes con suaves y profundas mientras yo le pellizco los pezones loca de placer. Siempre que noto que estoy a punto de correrme, me gusta continuar encima. A horcajadas sobre su polla, articulo el ritmo que más me conviene y me dejo llevar por el inmenso placer que me da verlo a él disfrutando de mi cuerpo sobre él, dominándolo todo, mientras busco mi segundo orgasmo compartido. Sé que lo vuelvo loco porque comienza a darme pequeños azotes en el culo, como si fuese su potra desbocada. De nuevo siento la electricidad que abarca todo mi cuerpo y que me pone los pezones como dos canicas con la dureza del mármol. Y nuevamente me corro. Totalmente fuera de sí, y yo en estado de shock post orgásmico, me pone a cuatro patas. Es su postura fetiche para terminar, sobre todo cuando le susurro "fóllame como a una perra", una de mis frases favoritas. Estoy tan excitada y cansada que los brazos me tiemblan, pero sigo gozando sin límite entre sus embistes y sus cachetes en mi culo, que cuando no lo azota lo agarra con fuerza. A veces empuja con tanto vigor que me parece que me voy a dar contra el cabecero de la cama, pero no puedo dejar de disfrutar.
Inmediatamente, sale de mí para evitar correrse dentro. Y le pido que lo haga encima de mí, sobre mis tetas, mientras me las pellizco con una mano y me sigo masturbando con la otra, para terminar los dos juntos.
Pero esta vez, se me adelantó...

Saturday, June 10, 2006

Los juguetes


Mi actual amigo me sorprende cada día. Sin ser una persona extremadamente chistosa, divertida, extrovertida o simpática (más bien todo lo contrario en los tres primeros puntos) guarda una cierta "doble cara" que me tiene totalmente fascinada.
Mientras estamos por la calle, en los cafés, en los bares, en el cine, de tiendas o de paseo, es la persona más seria, formal e, incluso, por qué no, fría que conozco. Vamos, que es agradable estar con él pero lo que es pasión, cero patatero. Y más que a hablar, es dado a escuchar.
Sin embargo, cuando estamos entre las sábanas, se convierte en un animal travieso, espontáneo, impredecible, incansable y divertidísimo. Habla, susurra, pellizca, muerde, gime, lame y acaricia como nadie. Y siempre me sorprende.
El otro día sin ir más lejos, estábamos en plena faena, los sentidos estaban completamente disparados, los cuerpos ardiendo, la habitación parecía que iba a explotar, cuando, de repente, y tapándome los ojos, hace una pequeña pausa. Tras el breve paréntesis, muy breve, oigo un extraño ruidito mecánico, tal que "rrrrrrrrrrrr", como un pequeño motorcillo.
-"Qué raro", me dije ya con los ojos libres, "no veo ningún vibrador"
-"Fíjate bien", me contestó, "está a punto para tí".
Pues sí. Estaba a punto. En la base de su pene había un pequeño anillo de silicona, con un motorcito minúsculo y un interruptor microscópico. ¡El famoso anillo Play Vibrations de Durex!
Después de reirnos durante un buen rato con la escena, empezamos a jugar con nuestro nuevo juguete. Entre risas y gozo a un tiempo, disfrutamos del pequeño aparato. Al término, y ya abrazados y agotados sin el anillo puesto, me susurra al oído: "¿Sabes? Todavía noto que me vibra. En cuanto se calme, probamos otro "combate" al natural..."
Por algo me tiene enganchada, si lo sabré yo...

Tuesday, June 06, 2006

El desierto sentimental


Pocas situaciones son tan frustrantes como encontrarse en un desierto sentimental. Cuando no tienes un oasis fijo en el que calmar la sed. Cuando vagas y vagas a través de la arena sin encontrar un horizonte. Sin rumbo. Sin compañía. Sin objetivos. Sin nada más que tu propia soledad.
Y es que el sexo, cuando sólo es sexo, termina haciéndote ver lo sola que te encuentras. Porque en el fondo buscas empatía, compañía y complicidad. Y no lo hay.
Desde mi último post todo sigue más o menos. Con mi nuevo amigo la cosa sigue, salvando la distancia física que nos separa cuando nuestras agendas nos lo permite. Pero al final es eso. No hay nada más que sexo (buen sexo) pero nada más. Y tengo miedo porque noto que empiezo a vagar por el desierto del amor y me siento sola en la travesía. Siempre me equivoco en la elección del compañero de viaje y al final tengo que pagar doble tarifa...